
De cómo la inocencia es el mayor tesoro de los niños.
Cuando yo era chico, la soledad no me molestaba, es más, era mi más importante tesoro ya que me permitía volcarme de lleno en mi mundo de fantasías. Entonces buscaba mis viejos juguetes que ordenadamente me habían enseñado a guardar, mi mundo se componía de soldaditos de plástico cada uno de ellos con su correspondiente equipo y cuando quería que pertenecieran a otro ejército mis acuarelas se encargaban de ello.
Había cochecitos antiguos y de carreras y los infaltables camioncitos, de madera y con rueditas de goma, no solo cargaban piedras, tierra y soldaditos sino que también ilusiones a granel.
Podía inventar desde una pista de carrera hasta una batalla cruel entre fieros personajes, improvisaba sus voces y diseñaba sus banderas. Con mis aviones no solo podía llegar tan lejos como el mundo real que conocía sino que solía discurrir el tiempo pasando de una historia a la otra como quien no se cansara nunca de interpretar una obra de teatro. Y es que en realidad mi fantasía no tenía límites, cuando me acostaba y alguna fábula había quedado inconclusa las sábanas se transformaban en una carpa y era ahí donde volvía a repensar y mi infatigable mente trabajaba aceleradamente antes que mi madre dijera basta! Y apagaba la luz y me dormía pensando en que mañana tenía tantas cosas que hacer!
No le tenía miedo a la muerte, es más, nunca la había visto. Ni siquiera la hubiese podido comprender, algo muy distinto a lo que hoy estamos acostumbrados.
Para que no tuviese problemas con la escuela, mi madre tenía un rito. Ni bien llegaba del colegio tomaba la leche con pan abundante y después ella colocaba una mesa petiza y una silla igual, ese era mi escritorio. En ella me debatía con las tareas, supervisado, y cuando aquello había acabado salía disparado como un cohete a buscar mis entretenimientos.
Próximo a navidad comenzaba a debatirse la cercana presencia de los Reyes Magos, en aquel momento Papá Noel aún no llegaba hasta este punto del planeta, por lo tanto esos tres mágicos eran mi punto de atracción. Nadie en el colegio dudaba de sus existencia y a mis amigos y a mí el punto era saber si este año los Reyes nos traerían aquello que tanto uno ansiaba o por ahí, te salían con una sorpresa que uno ni se la imaginaba, doy fe de eso porque me sucedió aquella vez que rogaba por un karting a pedales. Lo había visto en alguna vidriera y era mi sueño, pero aquella madrugada sus majestades decidieron dejarme una reluciente bicicleta y hasta la fecha les estoy agradecido.
No solo estoy agradecido por los regalos y sus visitas, sino también porque sus camellos nunca me despreciaron el pasto, tierno y verde y que era intensamente buscado por tantos niños como yo. Debo agradecer que mi inocencia se mantuvo intacta por años y que no sabía distinguir entre lo pobre y lo rico, lo de mala calidad y lo de buena calidad, mis padres supieron darnos lo justo y necesario y la adversidad nunca le dio lugar a la derrota. Mis sentidos se encontraban a pleno porque nada me lastimaba y mi exposición al mundo real era celosamente resguardada.
Perder la inocencia, la ingenuidad, la simpleza de vivir, constituye una tragedia.
Cuando yo era chico, la soledad no me molestaba, es más, era mi más importante tesoro ya que me permitía volcarme de lleno en mi mundo de fantasías. Entonces buscaba mis viejos juguetes que ordenadamente me habían enseñado a guardar, mi mundo se componía de soldaditos de plástico cada uno de ellos con su correspondiente equipo y cuando quería que pertenecieran a otro ejército mis acuarelas se encargaban de ello.
Había cochecitos antiguos y de carreras y los infaltables camioncitos, de madera y con rueditas de goma, no solo cargaban piedras, tierra y soldaditos sino que también ilusiones a granel.
Podía inventar desde una pista de carrera hasta una batalla cruel entre fieros personajes, improvisaba sus voces y diseñaba sus banderas. Con mis aviones no solo podía llegar tan lejos como el mundo real que conocía sino que solía discurrir el tiempo pasando de una historia a la otra como quien no se cansara nunca de interpretar una obra de teatro. Y es que en realidad mi fantasía no tenía límites, cuando me acostaba y alguna fábula había quedado inconclusa las sábanas se transformaban en una carpa y era ahí donde volvía a repensar y mi infatigable mente trabajaba aceleradamente antes que mi madre dijera basta! Y apagaba la luz y me dormía pensando en que mañana tenía tantas cosas que hacer!
No le tenía miedo a la muerte, es más, nunca la había visto. Ni siquiera la hubiese podido comprender, algo muy distinto a lo que hoy estamos acostumbrados.
Para que no tuviese problemas con la escuela, mi madre tenía un rito. Ni bien llegaba del colegio tomaba la leche con pan abundante y después ella colocaba una mesa petiza y una silla igual, ese era mi escritorio. En ella me debatía con las tareas, supervisado, y cuando aquello había acabado salía disparado como un cohete a buscar mis entretenimientos.
Próximo a navidad comenzaba a debatirse la cercana presencia de los Reyes Magos, en aquel momento Papá Noel aún no llegaba hasta este punto del planeta, por lo tanto esos tres mágicos eran mi punto de atracción. Nadie en el colegio dudaba de sus existencia y a mis amigos y a mí el punto era saber si este año los Reyes nos traerían aquello que tanto uno ansiaba o por ahí, te salían con una sorpresa que uno ni se la imaginaba, doy fe de eso porque me sucedió aquella vez que rogaba por un karting a pedales. Lo había visto en alguna vidriera y era mi sueño, pero aquella madrugada sus majestades decidieron dejarme una reluciente bicicleta y hasta la fecha les estoy agradecido.
No solo estoy agradecido por los regalos y sus visitas, sino también porque sus camellos nunca me despreciaron el pasto, tierno y verde y que era intensamente buscado por tantos niños como yo. Debo agradecer que mi inocencia se mantuvo intacta por años y que no sabía distinguir entre lo pobre y lo rico, lo de mala calidad y lo de buena calidad, mis padres supieron darnos lo justo y necesario y la adversidad nunca le dio lugar a la derrota. Mis sentidos se encontraban a pleno porque nada me lastimaba y mi exposición al mundo real era celosamente resguardada.
Perder la inocencia, la ingenuidad, la simpleza de vivir, constituye una tragedia.

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